Solo

March 10, 2005

Todo es lo mismo.
El callejón donde vivo sigue igual, a pesar de los años, a pesar de todas las cosas ocurridas.
El pavimento agrietado, los focos caídos, la pintura de las casas, todo sigue su curso natural.

Alguien dice “que las cosas caen por su propio peso”.. yo soy muy escéptico de esas palabras.

Alguna vez soñe con tenerlo entre mis manos y sentir las venas de su cuello. El latido de su corazón…Ver la desesperación de sus ojos…Tomar una pistola y matarlo.

Sentía que se moría, que se desvanecía, que se caía, que no estaba aquí.

—¡¡¡Desgraciado... ¡¡¡Lo está matando... ¡¡¡Alguien que ayude al joven
Gritaba una señora que parecía estar más pendiente de mí que de él, tirado en el suelo.
—Te va a llegar la chingada pendejo—
Le dije eso y me acerque a su oído para sentir el miedo.

En tanto, veía sus ojos, lejanos y sorprendidos.. Lo había descubierto. Apretaba más su cuello. La gente temía acercarse al lugar. Nada me podía detener. La intención era más clara. En un instante, empecé a recordar las cosas que vivimos juntos: Nuestro primer viaje sin nuestros padres, el verano en la playa, la noche que nos llevaron al corralon por tratar de ligar a la novia de alguien.
Tantas imágenes que me llenaban los ojos de lágrimas.. No sé si de furia o de tristeza… De alegría u otra sensación.. El cuerpo se ponía caliente… Mis brazos se tensaban cada vez más. Comenzaba a sentir el cuello frío…Me faltaba el aire.. Comenzaba a ver todo borroso.

El latido de su corazón se perdía con el ruido.. Ese callejón era perfecto…

De pronto, dos policías corrían hacia nosotros… Tan llenos de culpa… Tan gordos de corrupción… Corrían y caían.. Uno de ellos se golpeo la cara contra el pavimento.. Comenzó a sangrar… Se desmayó.
Su compañero no miró atrás.. Veía con toda la intención de golpearme… Su cuerpo se hacía cada vez más pesado… Las piernas le flaqueaban. También le costaba respirar. Atinó contra mi hombro con la macana. Caí sin soltar a mi enemigo… El oficial me golpeó la cara… Me desmayé.

No supe nada más. Empezaron a llegar unos ruidos muy raros… Oía una sirena… el beep de algún aparato..
Los llantos de alguien conocido… Los rezos de un cura… reconocí el olor a flores… ví una luz blanca… Lo veía a él… ¡Vivo!
Se desvanecía… miraba tan distante a un médico.. Un ángel… A mi hija…

Y ya no supe que otras cosas aparecían frente a mí...

Sólo podía percibir la terzura de su piel. Sus lágrimas de perdón.
Era tarde… Yo moría…

El autobus se detiene y alguien me dice:

— Joven, ya llegamos…¡Mire! alguien lo saluda—

Vivir (y los sueños siguen)

January 26, 2005

(escuchando “Sometimes You Can’t Make It On Your Own” de U2)

—¿Por qué no estás cuando te necesito?— y mientras Rebeca sentía un vacío en la garganta. El auricular estaba tan lejano de su mente y la silla se enfriaba con cada respiro de la chica.

—Estás en cada destello del día, en cada abrir y cerrar de ojos. No debes preocuparte. Parece que tienes algo más entre latido y latido. ¿Qué pasa?—

—¿Cómo diablos te atreves a preguntar eso? ¿Eres imbécil o qué carajo? No me hablas, ni mandas un mensaje por el celular. Ni siquiera una llamada. Y dices pensar en mí con tus cursilerías. ¿Me quieres ver la cara de pendeja Tristán? ¿O te has encandilado con “tus proyectos de vida”?—

Las manos del joven se empapaban de impotencia. Había muchas razones, las cuales Rebeca no quería escuchar. Saber que dos semanas fuera de la ciudad perjudicarían la relación. Sólo el recordar la última pelea, lo hacía más pequeño. El sillón devoraba la paciencia. La respiración de Rebeca se hacía cada vez más densa y llena de furia.

—Tristán, me siento así por que ayer me habló Ricardo—y la voz disminuyó.

—Ricardo. . . ¿Y cómo está Rich?— enfatizaba con tono irónico mientras la voz tomaba un aire de lejanía— ¿Y qué pasa con Ricardo? ¿Quieres que lo bese o qué?—

—Mira no quiero dejarte Tristán pero mi corazón está confundido. Las cosas no han funcionado. Tú ahora tan lejos. . .—

—¡No mames! No me voy a quedar aquí. Sabes que me voy a quedar unos tres días más ¿Qué no pudiste esperar para decirmelo en la cara? Mira lo que puedo hacer es colgar el teléfono y olvidarte. Sigue con tu vida y le das un beso a Rich de mi parte—

—¿Lo das por un hecho? ¿Estamos terminando?—y las primeras lágrimas recorrian el rostro de la joven.

Habían pasado unos 2 segundos y la vista de Tristán se nublaba. El despertador de celular hacía acto de presencia. El sol emergía sobre la ventana del hotel. Un mensaje recibido:

Hola precioso, te mando besos de cristal.
Te espero en el aeropuerto. . .
Entre senderos de obsidiana
Rebeca
Pd. Xoxos

Sueños

January 21, 2005

Desde hace algunos días, Eva sueña rarezas los fines de semana.
Alguien me pregunta, ¿por qué en esos días?

Bueno, porque durante el transcurso de la semana no tiene tiempo ver las noticias, pues está pegada a su computadora; buscando una manera de escapar del mundo real.

Escucho otra interrogante:
—¿Es algo estilo “Matrix”?—

No sé. Pero las imágenes dibujadas por Eva me parecieron muy normales (con las locuras que a veces ocurren en la vida diaria, los sueños parecen más normales que la misma realidad).

Un día, comenzó a caminar sobre la Avenida Insurgentes a la altura del Circuito Interior; de pronto, sintió que el piso se desvanecía y que caminaba sobre el tráfico insoportable poco después del mediodía. Los policías, veían su rostro como si fuese un ángel extraviado. Los niños de la calle corrían tras el júbilo de su vuelo. Los “viene, viene”*, ya no ayudaban a su cliente a estacionar su vehículo. El cielo era casi perfecto, como en los cuadros de Monet. El ruido de los carros era una orquesta bien dirigida por un oficial situado en medio de la avenida; pareciera que fuese el director de cámara; y cuando grita, le recordaba a Pavarotti interpretando “Las Bodas de Fígaro.”
A su vez, los peatones formaban una cadena humana y parecía que cantaban el coro de esa canción que a Eva y su madre gustaba tanto . .

Al despertar contemplaba el sol sabatino. Preparaba el riguroso café mañanero, alzó el teléfono y miró el identificador de llamadas. . .

—¿Esteban?, si supieras lo que soñé anoche wey, ¿dónde estás?—

Tras escuchar otra voz en el teléfono y recibir la noticia se dirigió al librero, tomó la foto de Esteban y sonrió.

—Gracias por la sinfónica de anoche. Extrañaba esa canción.—

Sendero

January 20, 2005

—¿Por qué me abandonas? ¿No sabes cuánto te amo?— Y el humo del cigarrillo en su mano caminaba por el brazo del joven.

Mientras, ella caminaba en círculos. La silueta del vestido dibujaba la tensión que Tristán sentía sobre su cuello. Todo parecía acabar. El cigarro en sus dedos quería ser humo. Necesitaba ser humo. No quería estar ahí. Las sombras del cuarto, se escondían bajo los muebles. Nada quería formar parte de esa riña. Paula, ahogaba en su pecho, un grito. Tenía que ser así.

— No es que ya no te ame. Tú no me lo demuestras. Antes todo era distinto. Me abrazabas, me hacías el amor cuando sabías que necesitaba ser tuya. Me hablabas para decirme cuanto me extrañabas. Que mi voz era perfecta para ti. Hace tiempo que no estás en mí —

Escuchando esas palabras el joven caminaba hacia el estante cerca de la puerta. Paula continuaba reprochando el odio que tenía hacia Tristán. Las piernas le temblaban, el sudor en su frente se hacia más denso.

— Me he enamorado de otro. Alguien que me mira, me acaricia, me satisface. Tú has dejado todo por la borda. Tu escuela, tu trabajo, tus libros. Me has hecho a un lado. ¿Qué ha pasado con tu vida? ¿Acaso no valgo nada para ti? ¿La promesa de casarnos a los 25? ¿Qué has hecho de tu vida? ¡Con un demonio! ¡Mírate! ¡Estás hecho una piltrafa! —

En efecto, Tristán parecía estar más cerca de la muerte. Como si la estela de la noche fuera su dueña. Flaco casi anoréxico. Con un pelo rizado, maltratado por el tiempo. Unos ojos perdidos. Apenas podía contenerse en pie. Aún así, estaba recargado sobre ese viejo estante.

— Paula. Las cosas caen por su propio peso. Nada es igual. Lo sé. La culpa es mía y sólo mía. El no atenderte, saber de ti, peinar tu cabello después de bañarnos. Muchos sentimientos y demás cosas son las que extraño de ti. Pero he comprendido que no eres mía. No me perteneces. Ya eres de otro. A él que te hace el amor. Que vela por ti. Él es tuyo. Yo no.
Yo soy del viento. Soy de la luna. Soy de todo y de nada a la vez. Amo mi soledad así como amas ser acompañada. Tú necesitas ser amada —

Tristán seguía hablando y Paula recordaba esos días en la cama, caminando sobre las avenidas de la Ciudad. Sintió esa cálidez que admiraba de su interlocutor. Observaba los ojos de Tristán. Necesitaba estar segura de las palabras: Yo soy del viento… Amo mi soledad…

Todo parecía estar muy confuso. Camino hacia la mesa de la sala y tomó su bolso.

— ¿Y crees que me tragaré ese cuento de la compasión hacia mí? ¿Acaso tengo cara de estúpida? ¡¿Quién te crees?! ¡¿Dios?! —

En ese momento, tomó una pistola y apuntó contra el joven.

— Los hombres creen tener el control de la vida. ¡Me has dejado por tu obsesión! ¡Por creer que las cosas se componen de finales agrios! —

Tristán sólo tomó del bolso de su camisa, otro cigarro. Lo prendió. Tomó dos bocanadas de su presa. Observó a Paula. Entendió muchas cosas. Recordó muchos momentos inentendibles. Cerró los ojos. Sonrió.

Estaba en el suelo. Acompañado por ese confidente de nicotina y alquitrán.
El sol iluminaba la ventana de su casa.

Get free blog up and running in minutes with Blogsome | Theme designs available here